Carnalitos de leche
Querido amigo, esta es la última carta que le dirijo; mi hígado no da para más y, luego de mirar estas letras, seguro el suyo se retorcerá igual o peor. Cuando leo sus contestaciones siento náuseas y como que me urge encomendar mi alma al altísimo una hora antes y dos después. Perdí la cuenta de las llamadas telefónicas; la última, recordará, nos mentamos la madre. Usted y yo somos más que amigos, somos hermanos, “carnalitos de leche…” Pero eso lo sabe de sobra, pa´qué le sigo. Se acordará en cuántas hemos estado, de las que salimos, en las que nos metieron y hasta en las que nos inmiscuimos sin que nos llamaran. Como con aquellas fulanas que decían conocernos, solo para que les invitásemos del aguardiente adulterado que yo traía, pero que no les queríamos convidar, hasta luego de un rato que les empezamos a distinguir sus gracias y nos la llevamos al río. Las muy desgraciadas nos dejaron en “purititos” cueros y tumbados de alcohol; ah, pinches viejas. Acuérdese que nos dio harta...