A sus 16 años, Angélica soñaba con conocer el amor, saber si era verdad que el corazón le latiría tan fuerte cómo le platicaban algunas de sus compañeras de la secundaria. La joven, por su parte, veía tan lejano el momento en que algún muchacho se fijara en ella. Era imposible escapar de su soledad, con dificultades tenía un puñado de amigas, casi no iba a reuniones donde pudiera conocer otros chicos. Rodeada de libros de texto, música ochentera y de una madre estricta, poco afectuosa. Sus conocidos apodaban a Angélica “Cara de plato” por su forma redonda. Odiaba sus varios kilos de más y las marcas de acné en su rostro. Evitaba verse en los espejos, excepto cuando bailaba horas en su habitación, amaba moverse de un lado a otro al compás de la música, pero jamás en público, pues se consideraba torpe. Angélica decidió aceptar la invitación de una amiga del colegio para participar en el coro de una iglesia; espacio que se convirtió en el único momento de recreación para aquella j...
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