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Amiga inesperada

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  Escuche decir a la entrada, que la construcción está orientada hacia el Este, por donde nace la luz al empezar el día.      Algo me atrae hasta ahí. Llevo semanas pidiendo todos los días a Dios que me ayude a encontrar la cura para mi vista, ésta ha mermado rápidamente en un breve tiempo.      Es la primera vez que entro en aquel lugar. El sonido de la fuente me conecta inmediatamente con el templo. Se respira paz en cada rincón; la armonía de las flores silvestres y el camino iluminado por veladoras me transportan a una quietud insondable, su aroma a copal es una invitación a mis sentidos, a dejarme fluir.      Me hinco en los cojines dispuestos y elijo frente a la luz, orar, cada palabra brota con vehemencia y entrega, aunque en silencio. Cuando termino hago una pequeña inclinación de respeto y me dirijo afuera del recinto. Al límite de la puerta de cristal observo que afuera hay un jardín enorme de rosas color carmesí, el pais...

Molcas

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¿Qué me pasa? a veces me duele mucho y no puedo apoyar bien y otras se me pasa como si nada. Ahora me van a apodar El Pirata y no Molcas, como me decían todos. Pero bueno, sana, sana, colita de rana, ¿qué no? No pasan muchos días cuando el problema ya no es cami nar, sino que empiezo a echar chorros de baba y mis ojos me arden como cuando ponían el humo del anafre. Mi boca se me entumece y casi no puedo comer. Yo nomás veo cómo la gente me receta una cara de desagrado, pero nadie me pregunta nada. Por fin… Quién diría que una bata blanca me pondría tan contento alguna vez. Eso sí, que cambie la comida, que algo de mis huesos, que mi sangre quién sabe qué. Yo sólo sé que me siento del carajo y después tanto teje y maneje esto no se resuelve. Con mis ojos llorosos, y casi a susurros, trato de decirles que esto no está funcionando, pero parece que no me escuchan; al menos con eso consigo apapachos y bolsas de agua caliente que me tranquilizan un poco. Los días pasan y esto nomás no ...

Sueños redondos

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  El olor a maíz se extiende por toda la cuadra, eso y la larga fila son el mejor anuncio de las sabrosas que son las tortillas. Doña Laura es descendiente de Cintéotl, los hijos de la deidad son reconocibles por sus antebrazos empanizados. Canta todo el tiempo, con su voz de soprano, muy dulce. ¿Qué entonará esa mujer? ¿Un arrullo? Tal vez, porque Laurita arropa las tortillas como a recién nacidos. Las está acunando, así, al terminar de cocerse estarán listas para salir al mundo. Cuando llegó a la tortillería con días de nacida, dormía mientras su mamá despachaba; ella cómo el sabroso producto de maíz, estaba terminándose de cocinar en el interior del local. Baja el volumen del canto para clavar los ojos en la clienta: —Un kilo. Hecha la nota mental, recoge de un cilindro los manjares redondos, amarillos y calientitos. Los acomoda sobre la servilleta ¿Cuántos trapos se han extendido en su mesa debajo de la báscula? Pensándolo bien, tal vez canta un vals… Laura recu...

El monstruo de tu habitación

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  de las puertas del infierno, libra señor su alma...   El tren está por partir ¡Anda vamos, es hora! dice la mujer de angelical voz. Los chasquidos de las ruedas entre las vías presagian la partida. La madrugada se acerca entre arreboles verdes y azules. De nuevo no tengo boleto Julia, anda tú y disfruta, dijo el viejo de cejas espesas mientras en sus ojos se ausentaba el brillo. Son más de tres viajes que hago desde que estamos juntos y no sé porque no quieres regresar a verlos José, debes ir, si algo hiciste mal ya te perdonaron, estoy segura, yo lo haría, creo que ella también. Creo que las reglas no son así, lamentó con prudencia el hombre de sonrisa escueta. El tren partió, los felices pasajeros detenían sus mandíbulas ante su alegría, imaginaban lágrimas caer de las cuencas vacías, los corazones latían donde una vez yacieron. En el destino aguardaba Isabel, entre los lirios blancos y la flor de cempasúchil serenada, con gran decoro quitaba las hierbas qu...

Juntos

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  “El primer amor no es la primera pareja, es el primer amor y el único…” Éramos dos jóvenes, una mujer que conocía, pero no ubiqué quién era. Hubo una fuerte sacudida y se apagaron las luces. Al restablecerse, descubrimos que el vagón del metro en que viajábamos era de menor tamaño y no tenía puertas ni ventanas: una cápsula metálica, intuí. No supimos explicarnos la situación, quedamos absortos. De una esquina se abrió la pared, como si hubiera una puerta, pero no la había. Salimos corriendo. En el andén vació caminamos hacia la salida que estaba al fondo. Los otros vagones eran de tamaño normal: cuatro puertas, con sus ventanas intercaladas, los miré como si nunca lo hubiera hecho, porque también estaban vacíos. Un terrible terror comenzó a inquietarnos. Al salir parecía que nos encontráramos en una escuela: jóvenes sentados en escaleras y piso, otros de pie, platicando. Me vino la tonta idea de que allí podía hacer negocio de venta de comida, qué absurdo; pero así s...

La carta de San Valentín

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  A sus 16 años, Angélica soñaba con conocer el amor, saber si era verdad que el corazón le latiría tan fuerte cómo le platicaban algunas de sus compañeras de la secundaria. La joven, por su parte, veía tan lejano el momento en que algún muchacho se fijara en ella. Era imposible escapar de su soledad, con dificultades tenía un puñado de amigas, casi no iba a reuniones donde pudiera conocer otros chicos. Rodeada de libros de texto, música ochentera y de una madre estricta, poco afectuosa. Sus conocidos apodaban a Angélica “Cara de plato” por su forma redonda. Odiaba sus varios kilos de más y las marcas de acné en su rostro. Evitaba verse en los espejos, excepto cuando bailaba horas en su habitación, amaba moverse de un lado a otro al compás de la música, pero jamás en público, pues se consideraba torpe. Angélica decidió aceptar la invitación de una amiga del colegio para participar en el coro de una iglesia; espacio que se convirtió en el único momento de recreación para aquella j...

El Recreo

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                                                                                               Soñé que el mar se secaba, soñé                                                                 que la nieve ardía y por soñar imposibles, soñé que tú me querías. Sonó el timbre, todos los niños dejaron su actividad sin concluir, cerraron cuadernos y comenzaron a revisar las monedas destinadas para gastar en el recreo,...